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No hay que romper la belleza de la dignidad

No hay que romper la belleza de la dignidad

Nina Simone y Lucha Reyes son dos mujeres músicas americanas del Siglo Veinte. Una afroperuana y otra afroamericana, como le dicen. Mujeres de temple y carácter que fueron capaces de hacer música por la obligación materialista de “encarar la vida” como dicen los encapuchados y los antiguos anarquistas. Encarar la vida con lo que uno tiene que dar, porque si no la vida no nos devuelve nada, para ello, ellas echaron a andar los recursos propios del alma femenina golpeada y que pasó por las patadas del patriarcado.

No es anecdótico que hayan sido mujeres especialmente golpeadas por el machismo de las parejas con las cuales alguna vez decidieron estar, porque tampoco estaban ajenas a este sistema jerárquico de dominación de las mujeres, de los niños y los animales, pasando por la Madre Tierra y todo lo que a esta especie del pulgón, del “último hombre”, como lo reseñan Nietzsche y Camus, han instituido sobre el planeta.

Nina Simone y Lucha Reyes, más allá de lo anecdótico, tuvieron a mi juicio, vidas duras, vidas de pobreza, de discriminación racial, de minimización e invisibilización legitimada a través del patriarcado y el mercado capitalista, que ellas, gracias a su empuje y talento, supieron revertir, al menos en términos de haber logrado éxito y reconocimiento, y mucho más aún, el ejercicio solidario de ser portavoces del sentir del pueblo. De esa sensibilidad reprimida que tanto cuesta aceptar.

Habría que revisar si el vals peruano y el tipo de balada militante que recrearon Nina y Lucha son, en efecto, músicas de sensibilidad reprimida o son solo la modulación de cierto sentir popular capitalizado por las modas. La marca que deslinda estas posibilidades es el ejercicio de la autenticidad. Nina y Lucha testimoniaron con sus vidas no solo un sentir popular sino una mirada militante de la música. Lo que está mucho más documentado en Nina Simone pero que tampoco está ausente en la Luchita.

No se trata solo de que el vals peruano y las baladas de Simone encarnen luchas específicas de los sentires de lo local de cada pueblo sino que la forma en que se transforman en productos culturales por los que media un ejercicio virtual de creación de realidad, permite que transciendan lo particular de la vida biográfica tanto como la especificidad de la cultura en la que fueron moduladas. La música no necesita palabras para ser expresiva, el sentimiento que expresa el vals peruano y la balada romántica y combativa de la Nina no requieren ser hablados, aunque en el caso específico de ellas, las palabras y el discurso poético jueguen un papel importante en las modulaciones concretas de sus expresiones.

Nina Simone participó específicamente en el movimiento por la Defensa de los Derechos Civiles que inició Rosa Parks oponiéndose en un gesto cotidiano de racismo instituido al no ceder el asiento en un bus para que lo ocupara un blanco. Luego vinieron las revueltas a propósito de la matanza de niñas en Misisipi y en ese contexto Simone decide apoyar y participar en el movimiento por los Derechos Civiles como una artista militante que llegó a extremos como plantear que la vuelta de tortilla del Black Power debía incluir matar a los blancos. Tampoco este ejemplo de radicalidad requiere ser anecdótico ni siquiera como una metáfora que pudiera llevarnos a interpretar desde esa clave el pensamiento y lo fecundo de vincular la política con la música.

En el caso de Lucha Reyes el ejercicio de su talento la llevó a escapar de situaciones familiares que la trataron con rudeza.

Rescato a estas dos mujeres como una acicate a la curiosidad para que cada uno/a investigue y constate por su propia experiencia la carga interpretativa de la música de Nina Simone y Lucha Reyes. El registro de intensidad interpretativa en ambas nos lleva a descubrir fenómenos propios de la música que, en el caso del vals peruano y de la balada de Simone nos hablan directamente al corazón, no solo para dar cuenta de lo reprimido sino de ese sentimiento militante, en términos de resiliencia, que tiene el impacto de la vida en la biografía de las mujeres que tuvieron que superar el patriarcado, el racismo y el capitalismo para legitimar su ejercicio artístico.

La autenticidad con la que Simone exigía que su público la acompañara y, en el caso de Luchita, su fuerza interpretativa, se imprime en cada acción musical con una carga de vitalidad que permite el traspaso del sentimiento que la música codifica de algún modo no lingüístico. Lo que nos dice la música que hacen estas mujeres no son solo mensajes para otras mujeres, aunque con mucha fuerza sí, sino que lograron con su fuerza creativa interpretar la universalidad del sentimiento humano. Los traspasos de dolores humanos que el corazón olvida reconocer y que, en el caso de la música popular, nos conecta con lo atávico de la expresión de sentimientos que es posible hacer a través de la música, son facetas que se muestran en todo su esplendor en estas dos mujeres músicas.

Alejandra Pinto para Harina Tostá.

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